Breve historia del uso terapéutico de la música

Si miramos hacia atrás, nos daremos cuenta de que a lo largo de la historia, el ser humano ha estado siempre vinculado al hecho musical como elemento cultural, utilizándolo como herramienta para influir sobre su propia dimensión metafísica. La concepción de esta última ha ido modificándose al tiempo que ha evolucionado el conocimiento de aquél sobre sí mismo, lo que ha dado lugar a diferentes formas de entender la relación música-ser humano en las sucesivas épocas en las que la historiografía oficial divide la historia conocida. Así, mientras que las culturas primitivas utilizaban la música en estrecha relación con la magia, persiguiendo fines curativos y preventivos frente a las enfermedades o a la propia muerte, la cultura griega dio un salto cualitativo al entender al ser humano como una dualidad alma-cuerpo, utilizando la música para influir sobre la primera según una teoría conocida como ethos musical, que relacionaba los diferentes temperamentos (alegría, templanza, fortaleza, etc.) con diversos modos de utilizar las notas musicales.

El siguiente gran período que supuso un cambio de paradigma para la música fue la Edad Media, cuya profunda concepción teocentrista del mundo hizo que los Padres de la Iglesia, como San Agustín, fomentasen su utilización con fines escatológicos y de comunicación con Dios; la música era considerada el lenguaje divino. Más adelante, la mirada vuelta hacia los clásicos grecolatinos propia del Renacimiento, hizo resurgir la idea de vincular la música al temperamento humano, aunque en este período la principal preocupación no era tanto influir sobre éste, sino velar para que la relación entre el contenido del texto cantado y la música utilizada fuera la correcta. Por ejemplo, un texto que hablase de dolor no podría ser musicalizado con una melodía alegre. Esto fue el caldo de cultivo para que en el Barroco la música escénica se convirtiera en un poderoso aparato de propaganda política, principalmente en el ámbito del absolutismo francés. En este sentido, si la música que acompañaba al texto era la apropiada, éste ejercería un efecto mucho más poderoso y seductor sobre los oyentes. Por otra parte, la música instrumental, al carecer de un contenido explícito, tuvo que desarrollar un sistema conocido como Teoría de los Afectos (basado en el concepto griego de ethos musical), con un fuerte componente retórico, para transmitir un mensaje efectivo. Se trataba de asimilar la música al lenguaje para poder, a través de ella, establecer nuevos canales de comunicación que despertaran pasiones y afectos.

Frente a este código, más o menos racional y con dieciochescas pretensiones de universalidad, el romántico siglo XIX trajo consigo una nueva concepción del fenómeno musical. Se revalorizó el mundo interior del ser humano como espacio individual, genuino e inefable, y la música se concibió como el único modo posible de expresarlo. Ahora, en lugar de despertar afectos preconfigurados, la música expresaba estados profundos del alma. Si bien en el siglo XVIII se empezó a estudiar los efectos de la música sobre el organismo desde un punto de vista científico, es ahora cuando se desarrolla y se pone en práctica en instituciones sanitarias como hospitales o centros psiquiátricos y, a final del siglo, en centros educativos, en los que comenzaron a tratar, mediante la ahora music therapy, algunas discapacidades visuales o auditivas. La escuela pionera en estas nuevas prácticas fue Perkins School para ciegos en Massachussets.

El siglo XX va a ser el testigo de la normalización de las iniciativas institucionales del XIX, pero además va a ver cómo la musicoterapia se establece como disciplina científica en el ámbito universitario y se desarrolla en torno a ella todo un movimiento de actividades académicas que se materializa en revistas, asociaciones o congresos internacionales. En este sentido, podemos destacar como promotora de todas estas iniciativas la National Association for Music Therapy, fundada en 1950. En España, debido a la coyuntura política del siglo pasado no se fundó una asociación de este tipo hasta la aparición de la Asociación Española de Musicoterapia en 1974. Toda esta revolución en la disciplina ha dado lugar a la creación de diferentes escuelas o enfoques, cuya distribución geográfica no ha sido homogénea, configurando un escenario disperso y poco unificado. Esta especie de diáspora metodológica ha puesto en marcha algunas iniciativas integradoras, como la Federación Española de Musicoterapia, constituida en 2001, cuyo objetivo era unificar criterios y organizar la disciplina en el territorio estatal.

A pesar de este fuerte desarrollo, no dejan de haber voces que rechazan la intervención musicoterapéutica como disciplina científica, eficiente y, por tanto, válida. Quizá, el reto al que se enfrenta en este nuevo siglo XXI sea terminar de demostrar algunos de sus postulados, acabar de definir su objeto de estudio o consolidar las diferentes metodologías existentes. En el campo que nos ocupa, el educativo, el gran reto estará indudablemente unido al actual debate sobre la escuela inclusiva. Aquí la musicoterapia deberá encontrar su espacio en un terreno en el que se tendrá que flexibilizar para poder responder a la pluralidad de necesidades que se presentan, desde la atención individualizada hasta las prácticas colectivas, y todo ello en un ámbito en el que el perfil profesional no siempre tendrá la formación específica necesaria.

Finalmente, podemos comprobar cómo la propia historia ha ido definiendo la actual concepción del término de musicoterapia. Vemos cómo en todas las épocas, aunque desde diferentes prismas, las diferentes culturas y civilizaciones han optado por darle a la música un fin no estético, sino terapéutico. Así pues, la musicoterapia queda definida como la utilización no estética, sino terapéutica, del fenómeno musical. Además, en tanto que disciplina científica, deberá ser sistemática y responder a objetivos precisos planificados con anterioridad, de manera que el desarrollo de la actividad tenga una direccionalidad intencional y facilite su evaluación posterior.

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