El debate en torno a la pertinencia de la inclusividad en la escuela ordinaria transcurre, en relación a la musicoterapia, por un terreno diferente al que solemos estar acostumbrados. En este caso, el problema no es la idoneidad de la de la incorporación de algunos niños al sistema educativo ordinario, sino la definición del perfil profesional del musicoterapeuta y la posibilidad de integrar a éste dentro de la escuela. Como todos los colectivos de profesionales, las asociaciones de musicoterapeutas luchan contra el intrusismo laboral y, bajo el argumento de que “la musicoterapia no es coger la guitarra y cantar con los niños”, defienden la necesidad de una formación específica y superior para poder desarrollar con eficiencia su actividad. Por otro lado, los maestros de música y de educación especial de las escuelas, ante ciertos casos de alumnos con necesidades educativas específicas, consideran las prácticas musicoterapéuticas como un recurso más con el que llevar a cabo su labor pedagógica. Por tanto, el reto para integrar la musicoterapia en el sistema educativo pasará por definir un perfil profesional que integre tanto una formación pedagógica con otra musical y terapéutica. Nuestra propuesta en este sentido es que, tanto el itinerario como el máster en educación especial que se ofertan actualmente contengan la formación musical necesaria para llevar a cabo este tipo de intervención.
Ahora, tras haber analizado las carencias que presentan aquellas niñas que padecen Síndrome de Rett y el modo de abordarlas a partir del tratamiento con música, elaboramos una serie de actividades atendiendo a estas necesidades. No obstante, será el profesional el encargado de adaptarlas a la gravedad, edad y estadio en el que se encuentre la niña. La serie de actividades que se presentará a continuación parten del enfoque integrador considerado previamente, utilizando todas ellas instrumentos y canciones sencillas como objeto intermediario.
a. Pictograma sonoro
Este sistema de comunicación aumentativa se basa en el principio de contigüidad que establece que siempre que dos o más sensaciones ocurren juntas con la suficiente frecuencia se asociarán (Doménech Betoret & Universitat Jaume I, 2007). En este caso la asociación se establece entre una imagen, un concepto, y un evento sonoro. Para poder lograrla es necesario presentar de forma repetida los tres elementos, utilizando el musical como estímulo, y teniendo en cuenta que al tratarse de niñas con Rett la asociación se establecerá con mayor dificultad. A partir de estas asociaciones, el sistema consiste en un conjunto de tarjetas comunicativas que muestran una imagen asociada a su concepto correspondiente, de manera que cada vez que queramos comunicarnos con la niña le enseñaremos la tarjeta y apoyaremos el gesto con la emisión acústica que previamente hemos asociado. En respuesta, la niña, mediante su mirada o la mano (dependiendo la etapa), elegirá aquella que le guste más o la que prefiera en ese momento. El sistema pretende trabajar el desarrollo de la comunicación mediante el fomento de su capacidad de elección de acuerdo con preferencias personales. Otro de los aspectos del desarrollo que trabaja es la atención, elemento esencial del aspecto cognitivo y que permite centrarse en cierto estímulo al menos durante cierto tiempo.
El “pictograma sonoro” se puede llevar a cabo en cualquier etapa del Síndrome de Rett, pues, aunque las niñas pierden el lenguaje oral, son capaces de comunicarse gracias a la mirada. Sin embargo, cuando se requiera la mano para señalar los pictogramas habrá que tener en cuenta que en la cuarta etapa su control motor está cada vez más limitado y será difícil que la actividad resulte efectiva.
b. El gato y el perro
Esta actividad aborda la
intervención musicoterapéutica desde el enfoque conductista, pues su objetivo principal será la aparición
de ciertas conductas mediante la música.
La actividad gira en torno a una canción, “El gato y el perro”, que se acompaña de gestos y movimientos producidos con las manos. En primer lugar, el terapeuta se sitúa enfrente de la niña y canta esta misma canción para que se vaya familiarizando con ella y, a la vez, trata de captar su atención. A continuación, el terapeuta pasará a coger las manos de la pequeña y volverá a repetir el proceso, consiguiendo de este modo que la niña siga los movimientos. Estos movimientos serán gestos asociados a palabras de la canción y son los siguientes: cada vez que se dice “tengo” nos señalamos en el pecho con las dos manos; cuando se dice “un gatito”, señalamos unos bigotes en nuestra cara; en el caso de “chiquito” juntamos las palmas de las manos; para “un perrito gruñón”, señalamos los dientes, con las manos a la altura de la cara, amenazando al frente; “que cuando se juntan”, juntamos las manos; y para “vaya una revolución”, cruzamos los brazos a la altura de la cintura y los lanzamos en forma circular hacia arriba. Cabe mencionar que al existir tantos movimientos no sería positivo incluirlos todos desde un principio en la actividad, por tanto, se irán introduciendo poco a poco en la medida que la pequeña avance (Lacarcel Moreno & Universidad de Murcia, 1995).
Con esta actividad, que utiliza la repetición de gestos, esperamos que la niña termine adquiriendo un mayor control de las manos para realizar cierta acción concreta, o al menos que se mitiguen los movimientos estereotipados que presenta. El hecho de que el terapeuta acompañe los movimientos permite que, aunque de forma involuntaria, estos sean realizados y que, por la repetición junto con la música y los refuerzos del especialista, se vayan adquiriendo y automatizando las acciones deseadas. Además, llevar las manos a la cara - o a otras partes del cuerpo- puede aumentar la propiocepción [1] de la niña, hecho que nos será útil porque mientras ella posea un mínimo control sobre sus movimientos podrá incluso realizar acciones como llevar alimentos a la boca porque será capaz de situarla en su cara.
Por otra parte, dado que se trabaja el desarrollo sensoriomotor, esta actividad es apropiada para cualquier etapa anterior a la fase de regresión, es decir, la situamos en las tres primeras etapas. Aunque la segunda etapa podría ser especialmente útil, ya que es en esta en la que aparecen con mayor exageración los movimientos estereotipados.
c. Mi cabeza
Esta actividad es otra propuesta para canción motriz, por lo que se desarrollará y tendrá los mismos objetivos que la actividad anterior. Pero es de especial interés para desarrollar la propiocepción al identificar las partes de la cabeza.
La actividad se basa en la canción, “Mi cabeza” (Conde Caveda, 2002), que se acompaña de gestos y movimientos producidos con las manos. El procedimiento para llevarla a cabo es común al de la actividad El gato y el perro, lo único que variará serán los gestos asociados a la canción. A continuación se adjunta una tabla con los movimientos asociados a la letra:
Letra de la canción
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Actividad motriz
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Mi
cabeza me da vueltas, hacia la izquierda y hacia la derecha.
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Mover
la cabeza de izquierda a derecha, con pequeños balanceos.
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Tengo
en ella muchas cosas, la frente, el pelo y también la boca.
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Señalar
los segmentos corporales citados.
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Con
la frente pienso cosas, y con la boca yo te digo hola.
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Señalar
la frente y la boca.
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Con
los labios doy besitos, en tu mejilla suave y preciosa.
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Gesticular
dar besitos tocando suavemente los labios con la mano.
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Y por
la nariz respiro, por los oídos oigo a los amigos.
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Señalar
la boca y los oídos.
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Con los ojos yo descubro, cejas, pestañas y muchas más
cosas.
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Con los ojos cerrados pasar los dedos para tocar todas
aquellas partes que menciona la canción (la cabeza, la frente, la boca, los
oídos, las cejas, pestañas y nariz).
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d. El cocodrilo
En esta actividad trabajaremos la atención y comunicación a través de la improvisación, pues mientras que música nos servirá para captar la atención de la niña, el objetivo principal será la generación de una respuesta en función del estímulo presentado. Para ello, la actividad se desarrollará a partir de un código establecido a priori entre ésta y el terapeuta, que consistirá en que cada vez que la música cese, la niña deberá golpear una pandereta. Utilizaremos la canción llamada El cocodrilo, que el terapeuta cantará mientras golpea dicha pandereta al ritmo de la música. Éste se situará enfrente de la niña con el instrumento cerca de ella, de modo que le sea fácil el acceso. Al final de cada estrofa el terapeuta interrumpe la canción y levanta la pandereta, que es la señal, esperando la respuesta de la niña que consiste en que golpee con la mano la pandereta. Aunque en un primer momento pueda parecer extremadamente simple, esta actividad contiene los elementos básicos de cualquier improvisación musical, sea del nivel que sea, a saber, una secuencia musical conocida de antemano, un código lingüístico acordado y una interdependencia entre las acciones de los diferentes participantes. Se tratará, por tanto, de un acto que la niña entenderá como comunicativo, ya que hasta que ella no golpee la pandereta la música no continuará. Del mismo modo, ella no podrá golpear hasta que la música no cese.
Cabe tener en cuenta que para que se llegue establecer este código de estímulo y respuesta, será necesario que la actividad se realice durante diferentes sesiones de forma continuada en el tiempo y con la mayor proximidad posible. En dichas sesiones, especialmente las iniciales, será también preciso que el terapeuta mueva la mano de la niña en el momento en el que se le requiera la respuesta hasta que sea ella misma la que la proporcione.
[1]
Propiocepción: Término que hace
referencia a la capacidad del cuerpo para detectar el movimiento y posición de
las articulaciones. La propiocepción, es entonces, la mejor fuente sensorial
para proveer la información necesaria para mediar el control neuromuscular. (Sillero &
Leal, 2010)

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